MUNDO ECUESTRE

La sastrería de charro más antigua de CDMX

La sastrería más antigua
  • Dedicados a confeccionar trajes para clientes como José Alfredo Jiménez y Vicente Fernández

La calle República de Ecuador, en el barrio de La Lagunilla, está poblada por unos 10 locales antiguos que ofertan y fabrican trajes de charros. En el número 13 D, de fachada café, se encuentra uno de los sastres con más tradición: Miguel Arreola, heredero de un oficio que comenzó su abuelo Antonio Arreola, en 1920.

De este lugar, que levanta sus cortinas a las 11:00 horas todos los días, como el resto de los locales de la calle, han salido trajes para Vicente Fernández, Pedro Fernández, Tito Guízar –el primer charro cantor de México–, Fernando Allende, Alicia Villarreal y Shakira (a quien le hizo una chaquetilla de gamuza), pero también de personas que llegan desde Australia, EU y Japón, atraídos por el folclor de la vestimenta.

Antonio Arreola, originario de Cotija, Michoacán, llegó al Centro Histórico hace 98 años; empezó a confeccionar trajes de vestir de caballero y, pronto, las personas cercanas a la zona de Garibaldi y Tepito fueron pidiendo trajes para charro.

En los años 70, su hijo Antonio Arreola Zamora, abrió su propio local ubicado en este lugar, el cual heredó Miguel Arreola. Él fue uno de los primeros, junto con la familia Alcántara, en levantar su negocio en esta calle, de ahí que los sastres de la Familia Arreola sean de los más antiguos de la ciudad en diseñar este tipo de vestimentas. La prensa de aquella época le dio el sobrenombre de “El Christian Dior de los trajes de charro”.

Miguel Arreola muestra fotografías de su abuelo y su papá, se reconoce en la imagen, dice. Ambos aparecen cortando y midiendo la tela; mientras lo hace recuerda que de niño dormía en el ropero del negocio, el cual resguarda desde entonces el casimir con el que diseñan los trajes. “Me acuerdo por el olor de la tela, era más pura, ahora es más poliéster que lana”, dice.

Miguel Arreola comparte otro recuerdo: su primer traje. Un atuendo que realizó para una boda, a finales de los años 90, de color hueso con decorados en oro. “Cuando mi papá vio el traje se le soltaron las lágrimas y dijo: mi hijo ya está hecho”.

Un traje de charro, cuenta, debe portarse con dignidad y orgullo, “mucha gente desconoce su importancia, piensa que son disfraces, y no saben diferenciar entre uno de mariachi y uno de charro, fuera de México esta vestimenta es muy reconocida, mejor la gente de fuera identifica sus características”.

LA CONFECCIÓN

Para crear un traje, primero se debe conocer para qué es, detalla, “podemos hacer para charros, artistas, mariachis y para un jaripeo”. En una boda, por ejemplo, se utilizan los de gala elaborados con casimir negro y botonadura; para un jaripeo se utiliza uno de media gala o un caporal.

“Mucha gente me pide un traje como el de Pedro Fernández, piensan que es de charro, pero en realidad es de caporal, con saco pachuqueño y pantalón”. El de charro consta de pantalón, chaquetilla y camisa y, a diferencia del de mariachi, éste se utiliza para montar caballos. Los precios son elevados, están elaborados con canutillo, el cual cuesta 200 pesos el gramo; para un traje se necesitan entre kilo y medio y dos kilos.

Una de las características del conjunto es su botonadura, la cual puede ser de plata, con un costo aproximado de 35 mil pesos por traje o de oro; el más caro puede llegar a valer hasta 350 mil pesos. “Un buen traje de los míos puede durar hasta 15 años”, dice entre risas.

Miguel también crea sus propios trajes; desde hace cinco años, cada 15 días se hace uno, los especiales son para el 15 de septiembre. Tiene una colección de entre 10 y 15 trajes antiguos, su intención, contó, es crear un museo con ellos o una exposición en el Museo de la Charrería.

 

Por Scarlett Lindero para El Heraldo de México.

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Acerca del autor

Michelle Cosme

Michelle Cosme

Escritora y adulta en proceso, amante de las letras, el cacao y el arte; colaboradora entusiasta de medios digitales y maratonista... de series.

Creadora literaria millennial, haciendo de las letras un estilo de vida; para ella la literatura y el café tienen la misma esencia.

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